Un hilo de oro

Jorge Ávalos


Seda por Alessandro Baricco.
Rizzoli, Milán, 1996.
Norma, Madrid, 1997.


Seda es una novela épica y breve, sencilla y mágica, cuya característica principal radica en haber sido construida alrededor de una sola oración. En el capitulo 33, Hervé Joncour, el protagonista de la novela, se entrega a su destino, bajo un cielo poblado de pájaros multicolores, al descender a la aldea del rey Hara Kei en el Japón. «Él era un hilo de oro enhebrado a través del diseño y los patrones de una alfombra tejida por un loco», escribe Alessandro Baricco, el autor. Esta oración se manifiesta como una epifanía para el lector; un momento revelador que ilumina los primeros 32 capítulos anteriores y que iluminará los 32 capítulos posteriores. No nos sorprende saber que Baricco es un musicólogo.

Es el año 1861. Hervé Joncour compra y vende gusanos. Gusanos de seda. Joncour, un hombre impasible, inicia, a pesar suyo y como lo habrán hecho tantos otros en su tiempo, el comercio global de la seda. La epidemia de pebrina, que afectaría toda la producción de seda en Europa, obliga a Joncour a buscar huevos de seda más allá del mundo comercial de la Europa del siglo XIX. El más allá es Japón, en ese entonces impenetrable, cerrado al intercambio comercial, cerrado a la comprensión de los europeos. Joncour se gana la confianza del rey Hara Kei, y en su corte ve a una mujer «cuyos ojos no tenían el típico rasgo oriental, y cuyo rostro era el rostro de una niña». Joncour no la toca, no habla con ella, pero es cautivado por la visión de su enigmática belleza.

Baricco es un hábil creador. Con el uso de imágenes precisas, rechazando el claroscuro típico de la novela Europea, recurre a una límpida delineación de situaciones y a una transparencia narrativa que sugiere el arte pictórico japonés del siglo XIX. Pero el delicado artificio de Seda es ante todo de carácter musical, pleno de repeticiones y sesgos harmónicos. Los personajes se mueven como temas musicales a través de las texturas históricas y emocionales de sus vidas. Ninguno de los personajes, por cierto, representa tipos heroicos, con la excepción de Hara Kei, una figura clave pero menor. Antes del final de la novela, el autor le concede a Joncour una epifanía en la revelación de un secreto, en la traducción de una carta, en la concesión de un deseo:

él escuchaba, tenía la mirada fija en un marco de plata, colgado en la pared,
hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran

dijo ella, se había inclinado hacia la lámpara, la luz daba contra los folios y pasaba a través de su vestido transparente,

Y a partir de esa lectura transfigurada por la luz del deseo, también el lector es enriquecido generosamente.

Alessandro Baricco nació en Turín en 1958. Su primera novela, Castelli di rabbia, ganó el premio Médicis en Francia y el premio Selezione Campiello en Italia. Su segunda novela, Océano-Mar, ganó los premios Viareggio y Pallazzo del Bosco en Italia. Seda, originalmente publicada en Italia bajo el título Seta en 1996, ha sido traducida a decenas de idiomas.


Ávalos, Jorge. “Un hilo de oro”, Búho, revista cultural de La Prensa Gráfica, junio 6 de 1999, San Salvador.

El crimen de los censores

Jorge Ávalos


Hay una manera muy fácil para destruir una democracia: coartando las libertades individuales. La piedra angular de las libertades individuales es la libertad de expresión. Para comprender esto, tenemos que recordar que lo que llamamos «libre albedrío» es un fin en sí mismo, es un triunfo del desarrollo de cada ser humano. Los niños no lo tienen al nacer. Es algo que aprendemos, es una toma gradual de conciencia. La voluntad de actuar y expresarnos libremente es lo que nos hace personas, seres individuales. El libre albedrío y la libertad de expresión son los instrumentos más útiles que tenemos para construir nuestra propia identidad y para realizarnos como individuos en la sociedad a la que pertenecemos. Pero hay una dependencia del Ministerio de Gobernación que quiere actuar por nosotros, coartando nuestras libertades individuales.

La Dirección de Espectáculos Públicos ha impuesto restricciones de distribución y publicidad a la cinta El crimen del padre Amaro. Esta producción mexicana, actualmente nominada al premio Oscar como mejor película extranjera, está basada en la novela homónima de Eça de Queiroz (1845-1900), el más importante y reconocido novelista portugués antes que José Saramago sorprendiera a los lectores del planeta con sus hermosas parábolas. Incluso nuestro querido Salarrué admitió su deuda con Eça de Queiroz; la lectura de El crimen del padre Amaro, aquí, en El Salvador, lo inspiró a escribir su primera novela, El Cristo Negro, cuya primera edición data de 1926. Pero esto es algo que los censores de la Dirección de Espectáculos Públicos no podrían saber, porque una sólida formación humanística suele ser incompatible con la falta de tolerancia.

Tanto los lectores del gran narrador salvadoreño, como los del gran novelista portugués o los de cualquier otro escritor, saben que la literatura puede explorar cualquier aspecto de la experiencia humana. Nada que contribuya a la autenticidad de la obra o a la formulación de su lógica interna está prohibido al escritor de ficciones; la imaginación se rige por leyes de creación que hacen del producto final un hecho artístico ineludible: reconocemos su validez en la medida en que reconocemos su verdad.

¿Cuál es la verdad explorada por El crimen del padre Amaro que la hace tan peligrosa a los ojos de las instituciones de poder? Una clave de su historia ha sido ampliamente referida por los medios de comunicación: un sacerdote entabla relaciones sexuales con una joven feligresa. Además, pequeños incidentes ocurren en la película que han sido considerados blasfemos por autoridades de la Iglesia Católica. En una famosa escena, una vieja beata, cuyo fanatismo religioso raya con la superstición y la brujería, da una hostia a su gato negro. En otra, la joven amante del padre Amaro, interpretada por Ana Claudia Talancón se cubre con el manto estrellado de la efigie de la Virgen de Guadalupe; sobrecogido de emoción, el padre Amaro, interpretado por Gael García Bernal, le dice: «Te ves más bella que la Virgen».

Ésta última escena se da con tanto candor que reconocemos de inmediato el aura de íntima autenticidad que sólo el cine puede evocar. Es un momento efectivo porque posee un curioso grado de verdad literal que nos demuestra la ironía inevitable del medio cinematográfico ante el hecho religioso: sin duda alguna, la actriz mexicana es más bella que cualquier representación de la «santa patrona de las Américas». Decir esto no implica una blasfemia; no creo que haya un solo espectador que pueda ser confundido por lo que ocurre; y es que entre la imagen de una actriz elegida para el papel por su belleza innata y la imagen de una mujer adorada por millones de fieles católicos por su santidad hay una distancia infranqueable. Nadie en su sano juicio confundiría al icono religioso, con su poderosa carga de simbolismo, con la imagen sensual de Talancón creada por el director Carlos Carrera, que no hace más que jugar con nuestros paradójicos referentes culturales sobre lo que constituye la belleza femenina. Pero son estas pequeñas escenas las que la máxima autoridad de la iglesia en El Salvador, el Arzobispo Saenz Lacalle, ha denunciado como razón suficiente para censurar esta película. Más allá de la sorpresa de que una autoridad religiosa condene los actos de personajes de ficción como si estos fueran reales, está el inexplicable silencio de la misma autoridad ante el verdadero «crimen» denunciado por la película.

El crimen en cuestión no es ni una herejía ni una blasfemia, sino el asesinato de una víctima inocente. ¿Por qué nadie ha mencionado esto? La soberbia del padre Amaro y su tenacidad en proteger su reputación ocultando sus pecadillos sexuales lo inducen a cometer una serie de imprudencias que causan, finalmente, la muerte de su amante. Y dado que es el abuso del poder en el seno de la Iglesia misma la que ocasiona esa muerte, los miembros del clero que le rodean carecen de la autoridad moral para corregir y castigar lo que ha ocurrido. Esta es una crítica implacable contra afirmaciones recientes de la Iglesia Católica en torno a la superioridad moral de sus sanciones internas sobre las de la ley. Sólo ellos, afirman sus autoridades, pueden corregir los crecientes abusos de poder suscitados por sacerdotes pederastas y por los obispos que se han esforzado por ocultar esos crímenes con el fin de proteger la reputación de la iglesia. El crimen del padre Amaro parece decir que si una grave transgresión, cometida en el seno de una estructura de poder, es sistémica a esa estructura, entonces es el sistema de poder el que necesita ser examinado y puesto en tela de juicio. ¿Por qué? Porque «la sangre de la víctima clama desde la tierra», porque la justicia así lo demanda y porque la ley así lo exige.

Todos los dramas, tragedias y comedias que se representan en los teatros o en los cines contienen y revelan transgresiones humanas. Los pecados de mayor y menor grado son también la materia de las grandes historias bíblicas. Una historia sobre «el pecado» no asusta a ningún lector inteligente, mucho menos a los lectores católicos, a los lectores cristianos, a los lectores de la Biblia. Por ello, el hecho de que la Dirección de Espectáculos Públicos esté tratando de censurar la versión cinematográfica de una obra intelectual que ha circulado libremente por el mundo durante los últimos 125 años, sólo expone los niveles de profunda ignorancia con que el actual gobierno se manifiesta en reacción a la producción artística. Qué puede ser más ridículo y necio que cuando los miembros de una institución gubernamental deciden censurar a un clásico de la literatura sólo porque hasta ahora pudieron ver la versión cinematográfica. ¿Qué harán cuando se enteren de que Plaza y Janés Editores ha lanzado al mercado una exitosa edición masiva de la novela original, la cual es mucho más fuerte, sensual y profunda que la adaptación de Vicente Leñero? Tenemos suerte de que no existan versiones cinematográficas de La Celestina ni de Edipo Rey, o tendríamos al gobierno arrancando esos libros de las manos de los estudiantes.

Pero los censores no sólo inducen nuestro sarcasmo, también merecen nuestro repudio. En declaraciones hechas a La Prensa Gráfica, han afirmado que suspenderán la exhibición de la película si esta genera «alguna clase de polémica». Olvidan que la democracia se ejercita y se consuma en la polémica, en el debate, en el libre intercambio de ideas. El crimen del padre Amaro no presenta, en su contenido, historias de abusos e hipocresías del clero que los medios de comunicación no hayan ya reportado extensivamente en los últimos años. Lamento decir que en este caso la ficción es sólo un pálido reflejo de la realidad.

Las severas restricciones impuestas a esta película constituyen, por lo tanto, un abuso del poder regulador de la Dirección de Espectáculos Públicos; la Constitución de 1983 no les da el poder, como quieren hacernos creer, de actuar como reguladores ideológicos de lo que debemos o no debemos ver, sobre todo en materia de religión. Si la película sólo es accesible a un público adulto, a cualquier hora que se vea, ¿cuál es el propósito de prohibir su publicidad en los medios de prensa y de limitar sus funciones a un horario nocturno? Esta es, sin duda, una estrategia de censura selectiva que busca mitigar el impacto artístico y social de la película, negando las oportunidades comerciales de difusión masiva que las salas de cine hacen posible. ¿Por qué ésta película y no otras? ¿Por qué la Dirección de Espectáculos Públicos permite que adolescentes tengan acceso a películas ultraviolentas importadas de Hollywood mientras censura esta película? No se debe sólo a que el foco de su crítica es la iglesia católica sino porque su escenario mexicano es muy parecido al salvadoreño y esto le da a su mensaje una inmediatez y relevancia excepcionales.

Al contrario de las fantasías de Hollywood, El crimen del padre Amaro incita a la reflexión no sólo por su tema sino porque la película en sí existe, porque es un producto hasta ahora inaudito de nuestra cultura latinoamericana, que al fin se atreve a cuestionar las innegables hipocresías del poder eclesiástico. Es la audacia de sus creadores, esa voluntad para denunciar y provocar, la que está siendo castigada. Que los norteamericanos y los europeos protesten y debatan si quieren, en El Salvador el estado no espera nada más ni nada menos que la pasiva conformidad de sus ciudadanos. Esto explica por qué la Dirección de Espectáculos Públicos ha declarado, con un descaro y una soberbia que no nos permiten olvidar la ilegalidad de su acción, que su objetivo no es censurar la película sino prevenir cualquier polémica que ésta pueda suscitar. Por lo tanto, lo que se pretende prohíbir es la existencia de un público pensante.

El artículo 6 de la Constitución de El Salvador, que trata sobre la libertad de expresión, establece que “Los espectáculos públicos podrán ser sometidos a censura conforme a la ley”. Pero esa “ley” que la Dirección de Espectáculos Públicos usa como marco normativo para ejercer censura previa es el Reglamento para Teatros, Cines, Radioteatros, Circos y Demás Espectáculos Públicos (Decreto Ejecutivo No. 45, del 20 de agosto de 1948, publicado en el Diario Oficial el 28 de agosto de 1948). Este anticuado reglamento, emitido por el “consejo revolucionario” que sentaría las bases de los futuros gobiernos militares, no es una ley. Sin ningún estudio técnico para diseñarlo, sin ningún debate democrático para configurarlo con el fin de proteger la libertad de expresión y sin el debido proceso parlamentario para instituirlo como ley, el Decreto Ejecutivo No. 45 es inaceptable como marco normativo de un cuerpo estatal de censura.

Toda obra de arte es una creación humana, una huella del pensamiento humano. Y si, tal y como lo indica la Constitución de El Salvador, “toda persona humana puede expresar y difundir libremente sus pensamientos”, entonces es lógico suponer que una obra de arte es un medio para la libre expresión de la persona y que su libre difusión está constitucionalmente protegida.

Por lo tanto, en mi calidad de ciudadano, exijo saber por qué nuestros impuestos facilitan la existencia de una institución que busca asfixiar el ejercicio de la democracia. Una cosa es que el Ministerio de Gobernación provea a las familias salvadoreñas de guías de contenido —según los objetivos del Código de Familia—, pues una recomendación informada sobre el nivel de violencia, sexualidad o profanidad de una película puede ayudar a que los padres determinen si el contenido es apto para sus hijos. Otra cosa, muy distinta, es que el Estado ejerza censura previa y trate de impedir que los adultos ejerciten su acceso a obras intelectuales constitucionalmente protegidas, imponiendo condiciones sobre qué película ver y cuándo verla, restringiendo su libre mercadeo y amenazando con suspender su exhibición si esta motiva un justo intercambio de ideas.

Paradójicamente, es la opinión de un sacerdote salesiano, Miguel Ángel Ordóñez, la que mejor ejemplifica los sentimientos de los ciudadanos sensatos: «Cada persona tiene libre albedrío para decidir qué ver y qué no. A nadie le obligan a pagar un boleto».

He ahí otra expresión de inteligencia. Roguemos para que pase la prueba de los censores.


Noviembre de 2002

[Originalmente publicada en La Prensa Gráfica. Cita bibliográfica pendiente.]

Jorge Ávalos gana premio centroamericano de cuento

Los cuentos de un salvadoreño ganan el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” de Panamá

Elmer L. Menjívar


El lunes por la tarde, Jorge Ávalos (1964) recibió una llamada telefónica del escritor panameño Enrique Jaramillo Levi. Así supo que era el ganador de la octava convocatoria del Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán”, que auspicia la Universidad Tecnológica de Panamá. La ciudad del deseo es el título de la obra galardonada.

Los concursantes para este premio deben ser escritores nacidos en Centroamérica, o bien, latinoamericanos residentes en algún país del istmo. El género en competencia varía cada año.

Aunque identificado públicamente con el trabajo periodístico-cultural, Ávalos ha cultivado paralelamente la creación literaria en todos los géneros. Esta es la primera vez que somete su trabajo al escrutinio de los jueces de un concurso.

“Lo que me motivó a participar, y aunque esto suene raro, fue que he leído con atención la obra de Rogelio Sinán, un escritor que experimentó mucho con la literatura y que fue muy importante para mí. Puedo decir que yo sí he sido influido por la obra de Sinán; fue por identificación que me motivé a concursar”, explica el escritor.

La ciudad del deseo

La obra ganadora es una especie de “antología personal”. La componen 32 cuentos, que abarcan un período de 17 años de creación (de 1986 a 2003), y que fueron extraídos de cuatro libros inéditos.

Ávalos nos comenta la naturaleza de este libro: “Este es un premio con exigencias muy extremas, por muchos detalles que piden las bases, y por la extensión del trabajo que solicitan. Mis libros de cuentos son breves y para ajustarme al formato, reuní cuentos de los cuatro libros”.

Sin embargo, el escritor no enfrentó problemas de escasez.

“Fui un escritor bastante precoz”, comenta. “Empecé a escribir muy joven. En 1981 ya tenía mis primeros cuentos”.

Desde entonces cuatro libros encontraron contenido: La herencia (1992), Oficio de tinieblas y El coleccionista de almas, ambos cerrados en 1996, y el que da título a la antología, La ciudad del deseo (2003).

Caminos del arte

Entre 1981 y 2001 Ávalos vivió en San Francisco y Nueva York, donde estudió y se dio a conocer como artista visual.

Ahí obtuvo varios reconocimientos, entre los que destaca la Beca de Video de la Fundación para las Artes de Nueva York, en 1991, y, como ensayista, el premio de Estudios Culturales del Fideicomiso Nacional para las Humanidades, que por primera vez se entregó a un salvadoreño. En 2001 volvió al país y empezó a ejercer como periodista cultural.

Ávalos cuenta también con obra poética, la cual reúne en Tierra incógnita. Hasta ahora su obra ha sido publicada en revistas y antologías. El premio en cuestión incluye la publicación de mil ejemplares de la obra, aparte de un premio en metálico.


Menjívar, Elmer. “Jorge Ávalos gana premio centroamericano de cuento”, La Prensa Gráfica, miércoles 21 de abril de 2004.

Entrevista a Jorge Ávalos

“Escribir ficciones requiere de una relación de amor con el mundo”



Jorge Ávalos, el narrador salvadoreño ganador del Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” 2004, habla sobre la identidad de sus cuentos y sobre las condiciones actuales en la región para el escritor creativo.

Enrique Jaramillo Levi



No puedo empezar una entrevista como esta sin hacerte la pregunta de cajón: ¿Qué significa para ti el haberte ganado el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” 2003-2004 con tu primer libro de cuentos?

Yo pertenezco a una generación de escritores que se formó durante la guerra de El Salvador, en medio de un gran vacío de oportunidades para publicar y difundir nuestra obra. Como mis colegas, me acostumbré a escribir desde el exilio para un público muy reducido de amigos. Y como ellos, he acumulado mucho trabajo sin publicar. Hace dos años comprendí que esto tenía que cambiar, así que en agosto del 2001 le informé a mi familia y a mis amigos de que regresaba a El Salvador para preparar la edición de mi obra inédita. Mi objetivo era de que en el año 2004 lanzaría mi primer libro; de hecho, pensaba hacerlo en España o en México, porque quería que mi trabajo literario tuviera la oportunidad de confrontar una fuerte opinión crítica, algo que en El Salvador no tenemos. Una publicación entregada al silencio de la crítica corre el peligro de convertirse en un libro sin eco, sin consecuencias históricas. El haber ganado el Premio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán» significa que, en efecto, mi primer libro saldrá a luz en el 2004, pero validado de antemano por el exigente juicio crítico de Julio Escoto, Beatriz Valdez y Juan Antonio Gómez, los tres miembros del jurado. Es un gran privilegio.

Una de las primeras personas en felicitarme fue Alfonso Kijadurías, a quien yo considero un maestro, y quien me dijo: “Tu silenciosa entrega se ve así premiada”. El premio es un dulce recordatorio de que vale la pena seguir adelante con la labor solitaria y silenciosa de la escritura.

El jurado calificador parece estar muy impresionado con La ciudad del deseo, la obra premiada. Me gustaría que nos adelantaras una semblanza de sus contenidos temáticos y visión de mundo, una suerte de ficha de identidad hecha por su propio autor.

La ciudad del deseo es un libro de cuentos de amor. Consta de 32 cuentos muy variados en estilo, situaciones y temas, pero unidos por la fuerza del deseo de amor que impulsa a sus personajes. El deseo romántico y el deseo erótico se mezclan y confunden a veces. Uno de los cuentos, “La cifra desconocida” contiene una clave al libro: dos personajes tienen un encuentro erótico pero ambos viven y sienten el momento de maneras muy diferentes, casi opuestas. Esa es la naturaleza de los deseos encontrados: dos personajes hacen una sola relación, pero viven dos historias de amor completamente distintas. Ese tipo de paradoja marca la mayoría de los cuentos, que tratan sobre la guerra, el sexo, el amor y la muerte, aunque estos temas emergen de la realidad cotidiana de los personajes.

Creo que me oriento más por la caracterización de los personajes que por la fábula; y me preocupo más por retratar la vida interior de mis personajes que en dar evidencia de la realidad que los rodea. Sin embargo, el libro permite la coexistencia de dos polos estéticos opuestos: el realismo y lo fantástico. El cuento que le da título al libro es quizás el que mejor combina ambos mundos y el que mejor representa las ambiciones estéticas del libro. Juan Antonio Gómez observó que en ese cuento los aspectos fantásticos no son tratados de forma surrealista sino, al contrario, con un estilo que recurre a una forma de hiperrealismo. Y tiene razón, mi esfuerzo estilístico se encamina en esa dirección, pero creo que la mayor fascinación que ejerce este cuento radica en los personajes y las poderosas relaciones que se crean entre ellos. El cuento funciona porque el personaje de Lulú realmente sedujo mi imaginación. Amo a mis personajes; creo en ellos.

¿Dónde entra a escena el crítico de teatro y danza?

Irrumpí en la crítica porque era una manera de dar a los lectores un lenguaje claro y efectivo para discutir las propuestas de nuestros artistas escénicos. Por un lado, mi formación como antropólogo cultural me mueve naturalmente hacia la representación escénica. Es una práctica social que integra el juego, el rito, la magia y la investigación social. Por otro lado, la crítica es una actividad que te permite afinar tus poderes de observación. Antes de arribar al análisis de la obra un crítico debe aprehender la mecánica y la esencia de un acto, de la realidad de una representación que se sitúa, en ocasiones, más allá de la palabra. La crítica se convierte entonces en un desafío: ¿Cómo dar testimonio de lo que hemos visto y sentido ante una representación de danza, por ejemplo? ¿Sobre qué debe fundamentarse esa crítica, sobre los aspectos técnicos que hacen posible su representación o sobre los aspectos más subjetivos de tu recepción como parte del público? Esa tensión da cómo resultado una propuesta crítica que, al asumirla con disciplina y ética, confronta, valida, extiende y sustenta el impacto real de las artes escénicas.

Viviste muchos años en Nueva York. Cuéntanos algo de esa experiencia, así como de tu reinserción en la sociedad salvadoreña.

La brutalidad de la guerra en El Salvador me obligó a partir hacia los Estados Unidos a los 16 años de edad en 1981. Como un grano de arena en el mar, fui parte del éxodo más grande de refugiados en la historia de Centroamérica. Más de un millón de salvadoreños viven ahora en los Estados Unidos. Así que residí por siete años en San Francisco, donde viví en las calles y donde me formé como escritor y periodista colaborando con varios periódicos locales. Allí trabajé con reconocidos teatros itinerantes y de vodevil, aprendí casi todo lo que sé sobre las artes escénicas y conocí a grandes escritores. Durante esos años fui el ser humano más feliz de la tierra. En 1987 me mudé a Nueva York y me enamoré de la ciudad. La intensidad de la vida allí es increíble. Pero también fue un error, pues en esa gran ciudad me movía en círculos que no hablaban español y no tenía, por lo tanto, un público lector. Como escritor me aislé. Escribo en inglés muy bien pero no me nace escribir poesía o cuento, no sé por qué. Como artista visual gané grandes premios pero me agoté. En el año 2001 me ocurrió algo terrible. No entraré en detalles pero no exagero si digo que crucé “el valle de la muerte”. Eso fue lo que viví emocional y espiritualmente. Me rescaté a mí mismo escribiendo un largo poema: El espejo hechizado. Dejé de trabajar por varios meses, aprendí a vivir la vida nuevamente, me reuní por breves semanas con la mujer que más he amado en mi vida, una novelista a quien no había visto por diez años, y después empaqué mis maletas y regresé a El Salvador.

¿Cuál es tu concepción del cuento, no como definición, lo cual sería absurdo, sino como comprensión y proyección estéticas?

Alguien me preguntó, durante la mesa redonda en la Librería Exedra, si mis cuentos son autobiográficos. Y mi respuesta, muy sincera, es que sólo lo son en un sentido profundo. Hay personajes en mis cuentos que yo sólo conozco en el mundo de mi ficción y hay hechos que sólo les han ocurrido a ellos, no a mí. Pero toda ficción es autobiográfica porque nuestra percepción del mundo y la materia de nuestra memoria entran en juego a la hora de escribir. Los escritores de ficciones entregamos incontables horas de nuestra vida a nuestros mundos imaginarios, los cuales creamos a partir de nuestras sensibilidades y conocimientos. Estamos allí de forma virtual, reconfigurados con las obras de la palabra. Pero esas ficciones sólo son verosímiles en la medida en que el lector reconoce las texturas de la realidad o el ruido del tiempo que le ha tocado vivir. Escribir ficciones, entonces, requiere de una relación de amor con el mundo, de un conocimiento profundo de sus seres y sus entornos. Finalmente, un cuento es una forma breve que hace un uso estratégico y controlado de la síntesis y de la elipsis —la supresión de información. La experiencia estética del cuento requiere de la participación incondicional del lector como coautor de la ficción, pues es su imaginación la que llena los vacíos del cuento, la que resuelve los enigmas de su fábula. Por esto el escritor debe saber crear esos vacíos con tanta destreza como se crea la narración. El cuento es el arte de los equilibristas de la imaginación.

¿Cuál es la situación actual de la literatura salvadoreña, a tu juicio?

Nuestra mayor fuerza está en la narrativa. Las novelas “Euquenor” de Rolando Costa, “Tierra” de Ricardo Lindo, “La diabla en el espejo” de Horacio Castellanos Moya y “A-B-Sudario” de Jacinta Escudos son ejemplos muy sólidos de la diversidad y riqueza de nuestra literatura. No estamos a la misma altura en otros géneros. Hay mucha farándula alrededor de la poesía: festivales, encuentros, espacios semanales de lectura. Se trata de un activismo increíble, positivo en muchos sentidos, pero que da la falsa impresión de que estamos haciendo algo muy importante con la poesía. Pero la verdad es que nuestra poesía actual está estancada. La apariencia de salud literaria no compensa las grandes carencias: la falta de disciplina en el manejo del talento, la falta de formación técnica y, sobre todo, la falta de hambre por poseer la vida por medio de la palabra.

¿Y cómo anda en tu país el ambiente propiamente editorial?

En apariencia estamos muy bien. Tenemos una editorial estatal que publica alrededor de 40 títulos anuales, y varias editoriales independientes compitiendo por la atención de un sector principalmente estudiantil. Además, los medios de prensa son muy receptivos a la actividad literaria. En ese sentido estamos mucho mejor que otros países centroamericanos. Pero yo creo que no podemos ver la dinámica editorial exclusivamente en términos de producción impresa. En El Salvador tenemos mucha oferta creativa enfrentada a una insuficiente demanda editorial, y esto está complicado por una alta oferta de publicaciones enfrentada a una mínima demanda de lectores. Es un problema casi insuperable, y es evidente de que no se trata sólo de un problema de escasos recursos editoriales. Más bien, tenemos un serio problema social: un sector literario desesperado por expresarse y publicar ante un pueblo que no lee o lee muy poco. También existe el problema adicional de un público que, con muy pocas excepciones, no se siente identificado por la literatura que se escribe actualmente. Algunos cambios son urgentes: el Ministerio de Educación necesita promover la lectura de nuestros escritores en las escuelas, las editoriales necesitan ubicarse mejor en el mercado y los escritores necesitan profesionalizarse. Nada de esto tiene que ver con el arte de escribir pero sin estas cosas la literatura no tiene futuro.

¿Qué sugerencias podrías hacernos para mejorar la calidad del Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán”?

El premio ha alcanzado un gran prestigio regional. Ahora que se aproximan a la décima edición tienen que convertirlo en una ocasión especial, evaluar sus logros y valorar críticamente a los autores premiados. Creo que el mayor reto para el futuro está en conseguir una mayor circulación de las obras ganadoras. Los acuerdos comerciales entre los países de la región centroamericana deberían facilitar la distribución y comercialización de los libros como parte de una política de integración cultural. Irónicamente, nuestros pueblos fueron divididos por una historia común, pero el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán”, que celebra nuestra diversidad creativa, nos prueba que un mayor acercamiento cultural entre los centroamericanos no es una utopía.


Jaramillo Levi, Enrique. “Entrevista a Jorge Ávalos: Escribir ficciones requiere de una relación de amor con el mundo”, El Faro, 18 de octubre de 2004. Republicada en la revista panameña de cultura Maga, # 54-55, mayo-diciembre de 2004, Panamá.

Coordinador del Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán”, Enrique Jaramillo Levi (1944) es un importante y prolífico cuentista, ensayista y promotor cultural panameño. Entre sus publicaciones más recientes destacan: Caracol y otros cuentos (Alfaguara, México, 1998); Duplicaciones (Casiopea, Barcelona, 2001); El vendedor de libros (Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, 2001); Pequeñas resistencias: Antología del cuento centroamericano contemporáneo (Páginas de Espuma, Madrid, 2001).

La poesía es la sed de mis ojos

II Festival Internacional de Poesía: Entrevista a Jorge Ávalos



Geovanny Ábrego



¿Qué te parece que se realice por segunda ocasión el Festival Internacional de Poesía en un país como El Salvador, donde no existe, lastimosamente, una gran cultura de la lectura?

El Salvador es el país ideal para un festival internacional de poesía precisamente porque no tenemos una gran cultura de la lectura. Politizados en extremo, todos tenemos una opinión, una causa, una verdad o un reclamo que expresar. El festival es nuestra oportunidad para cerrar la boca y aprender a escuchar.

¿Para qué sirve la poesía?

No puedo hablar por otros, pero para mí la poesía es la sed de mis ojos, el hambre de mis oídos, la voz de mi tacto, lo que me confunde y me recuerda que no todo tiene una explicación o una lógica. Yo escribo poesía no para decir algo sino para escuchar lo que me dice el mundo.

¿En qué puede aportar un festival de poesía, ya sea social o individualmente?

Que diga el presidente Francisco Flores lo que quiera, la verdad es que El Salvador es una tribu perdida en la selva global. Y la violencia social, la migración y la destrucción ecológica provocada por un crecimiento urbano sin control nos está llevando a la extinción. Pero cuando escucho un poema de Ricardo Lindo, cuando veo una pintura de Benjamín Cañas, cuando toco, furtivamente, una escultura de Verónica Vides, o cuando lucho para describir una coreografía de Eunice Payés, algo dentro de mí se estremece y me recuerda por qué estoy de regreso en este país que me ha quitado todo y me ha dado todo, porque no tengo nada de valor sino mi nombre y mis palabras.

¿Cuál es la función del poeta?

La figura opuesta a la de un poeta es la del político salvadoreño, que hace con la palabra lo que tantos otros hicieron con el colón, nuestra moneda nacional, por cien años: devaluarla. Para un político la palabra es un recurso para encubrir la verdad, para un poeta la palabra es luz: ilumina la realidad con la palabra utilizada en su forma más bella y más terrible. “Lo bello es apenas el comienzo de lo terrible”, escribió Rilke. En El Salvador estamos acostumbrados a lo terrible, pero muy pocos saben que lo terrible es también un camino hacia la belleza si la poesía es la lámpara que ilumina ese camino.


Ábrego, Geovanny. “La poesía es la sed de mis ojos” (II Festival Internacional de Poesía: Entrevista a Jorge Ávalos), La Prensa Gráfica, jueves 19 de junio de 2003.