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La inquisición de la crítica teatral
Publicado por Jorge Ávalos en Crítica teatral, Polémica el domingo, 9 de diciembre de 2012
Jorge Ávalos
Este artículo de opinión se publicó originalmente en El Faro, el 2 de mayo de 2005, pero fue retirado de El Faro el 4 de mayo de 2005, fue acompañado de la siguiente nota editoria. En la nota de opinión se da una explicación falsa del retiro de mi artículo. En realidad, por lo que sé y me fue explicado por otros periodistas de El Faro, es que el editor de la sección cultural, Elmer Mejívar, decidió retirarlo en un simple y ordinario acto de censura realizado para proteger a su amigo Héctor Ismael Sermeño.
Aclaración sobre artículo de Jorge Ávalos
El Faro
Varios lectores han escrito preguntando por qué una columna de Jorge Ávalos fue retirada de nuestro periódico a mitad de la semana pasada. El texto, titulado "El ballet 'Don Quijote' ante la crítica", despertó gran controversia entre quienes alcanzaron a leerlo, y frustración en quienes abrieron El Faro y no lo encontraron.
El artículo fue subido por error a nuestra página. Por principio, El Faro no publica cadenas de correos, y el escrito de Ávalos había llegado como tal. Por esta razón, el editor de la sección cultural decidió bajarlo de la edición.
Desde nuestro primer número, el 15 de mayo de 1998, decidimos que por regla publicaríamos sólo material que hubiera sido escrito exclusivamente para El Faro. Esto nos da una lógica ventaja competitiva frente a otros medios. El Faro, como todo medio de comunicación, se reserva el derecho de publicar o no cualquier material.
Ávalos es y ha sido desde hace varios años un constante colaborador de este periódico y uno de los críticos de arte más respetados del país. Sus artículos han siempre enriquecido nuestras ediciones y despertado el interés de muchos lectores.
Es un colaborador con el que a menudo discutimos contenidos y propuestas de críticas, de la manera más abierta y honesta. Él es el mejor testigo de que en El Faro no se ejerce censura, y que nos guían sólo los principios de una publicación responsable.
En su más reciente colaboración, la de esta semana, reconoce haber cometido más de algún exceso en el texto anterior, lo cual lo engrandece como crítico y como persona.
Es también turno de El Faro de reconocer nuestros propios errores. "El ballet 'Don Quijote' ante la crítica" fue publicado y, una vez hecho esto, debió haber permanecido en nuestras páginas. Pedimos disculpas a nuestros lectores.
Esta nota puede ser encontrada en la sección de opinión de El Faro, también el 2 de mayo de 2005.
Blasfemias
Publicado por Jorge Ávalos en Polémica el jueves, 26 de noviembre de 2009
Jorge Ávalos
Ávalos, Jorge. “Blasfemias”, La Prensa Gráfica, 23 de noviembre de 2002. Esta columna de opinión se publicó en el contexto de un fuerte debate sobre la censura por el Gobierno de la película mexicana El crimen del padre Amaro, una censura que la Iglesia Católica solicitó y avaló.
Historia de un amor
Publicado por Jorge Ávalos en Polémica el miércoles, 25 de noviembre de 2009
Carta a mis colegas periodistas informando de mi renuncia como colaborador de La Prensa Gráfica.
San Salvador, miércoles 21 de Julio, 2004
De: Jorge Ávalos
A: Mis amigos y colegas
Necesito informarles que he dejado de colaborar para La Prensa Gráfica. El sábado 17 de julio, debió aparecer en la sección cultural una columna mía titulada «Angelitos». La columna no apareció porque fue censurada. Hacía referencia a una exposición homónima en Photo Café que estará allí hasta el 9 de agosto. La exposición, que contiene fotos históricas de hace un siglo, fue preparada y curada por el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (CIRMA), una institución guatemalteca. La Prensa me paga por mis artículos no por mis ideas, sin embargo las comparto generosamente y hay muchas actividades y eventos que han sido cubiertos por otros periodistas para la sección cultural o para la Revista Dominical a partir de mis propuestas. Nunca he tenido ningún interés personal al hacer estas cosas; simple y sencillamente creí que era valioso que el lector tuviera acceso a esa información. No hice nada fuera de lo común cuando la semana del 5 de julio, propuse un especial, más gráfico que textual sobre esta colección de fotografías de CIRMA.
La exposición, que abrió el viernes 9 de julio, no fue cubierta ni como noticia cultural ni como especial en La Prensa Gráfica. La razón, y esto es algo que La Prensa no podría negar, tiene que ver con el contenido de las fotos: los «Angelitos» en cuestión son niños muertos. Las fotografías parten de una tradición europea llamada «memento mori» que fue asumida por las comunidades centroamericanas y enriquecida con el imaginario católico e indígena. A diferencia de la fotografía mortuoria europea, en la centroamericana los familiares despliegan una imaginación barroca al decorar a sus muertos con puestas en escena que incluyen estatuas de ángeles y cochecitos decorados con exquisita fantasía. Son fotografías realmente muy hermosas. Y al leer la información histórica que sustenta esta exposición llegamos a comprender algo que ahora nos parece casi inaudito: los familiares trataban así a sus hijos muertos y guardaban la memoria de sus niños de esta manera porque en su profunda religiosidad católica creían que la vida era sagrada: sus angelitos, que iban directo al cielo, habían sido una gracia compasiva aunque fugaz de Dios.
De allí mi profunda amargura cuando los lectores de La Prensa no fueron informados de forma sustancial sobre esta exposición. Así que escribí una columna explicando la razón de mi decepción. Usé palabras muy fuertes: hablé de «censura» y de «doble moral». No lo lamento porque así soy yo y así escribo. Mis cuarenta columnas anteriores contienen el mismo tipo de lenguaje, el mismo tipo de ironía, el mismo tipo de síntesis expositiva y el mismo tipo de argumentación dialéctica. Tampoco era la primera vez que escribía con palabras muy fuertes sobre un tema que me preocupa. La diferencia en este caso es que el editor de la «sección blanda» del periódico (cultura, sociales y deportes) se sintió aludido y la censuró bajo el brillante argumento de que en La Prensa Gráfica no hay censura. También escribió un memorando en el que argumentaba que yo no era nadie para dar «lecciones de periodismo», que a mí sólo me pagaban «para escribir crítica» y sugirió que si yo tenía intereses personales en Photo Café entonces debía «buscar otro foro». La implicación de este último punto es que yo tengo un conflicto de intereses económicos en relación con ese centro cultural. En el ámbito periodístico esa es una acusación muy seria. Dado que es absolutamente falsa, constituye un acto de difamación.
El memorando y el rechazo de mi columna ocurrieron el viernes 16 de julio. Ese día recibí una llamada de la coordinadora de la sección cultural informándome que yo tenía dos opciones: a) escribir otra columna con un tema completamente distinto; o b) incorporar el punto de vista del editor a mi columna de opinión, la cual aparece claramente identificada con mi nombre y mi fotografía. Yo rechacé ambas opciones y hablé con el editor para discutir todo esto. «¿Por qué», le pregunté, «no publicás mi columna y respondés a ella? Tenés el poder, los recursos y el espacio para hacerlo». Él no aceptó ninguna propuesta que implicaba publicar esa columna y, por lo tanto, mi respuesta final fue: «Entonces no habrá columna mañana». Pero no tenía por qué haberlo dicho. Antes de hablar conmigo, él ya lo había decidido y así me lo expresó. Por un lado, el editor no parecía saber que en las páginas de La Prensa Gráfica, que refleja con suficiente fidelidad lo que está ocurriendo en la sociedad, se publican rutinariamente fotografías de estudiantes asesinados (recuerdo cinco sólo en las primeras dos semanas de julio). Por otro lado, tampoco parece comprender que los silencios de la cobertura de un periódico en ocasiones dicen tanto como lo que se publica, y entre lo que se publica y lo que es silenciado se crea un nuevo discurso. Intencional o no, ese discurso llega al lector. El editor rechazó mi columna porque contiene un incómodo grano de verdad. Lo que comprendí, a partir de nuestra conversación, es que los dos hechos centrales que sostienen mi argumento no son rebatibles precisamente porque son hechos, y como ya sucedieron también son, por lo tanto, innegables. Eso significa que mi columna, sean mis conclusiones correctas o no, sí logran revelar esa contradicción de propósitos que a veces llamamos «doble moral».
El silencio periodístico que rodeó la exposición «Angelitos» contrasta muy drásticamente con el hecho de que durante el último año La Prensa Gráfica ha publicado en las noticias nacionales numerosas imágenes de niños muertos, principalmente estudiantes balaceados o apuñalados, descansando solitariamente sobre lunas de sangre o rodeados de familiares angustiados por el dolor. Algunas de estas fotografías han aparecido, incluso, en la portada, precisamente porque la violencia se ha convertido en algo tan cotidiano. En una edición reciente de La Prensa, aparece la imagen de un fotógrafo que posicionó su cámara directamente sobre la ventanilla del ataúd, para que tuviéramos una visión clara de una joven mujer cuyo rostro estaba hinchado por golpes y laceraciones. ¿En qué me ayuda a mí, cómo lector, este tipo de amarillismo? Y sin embargo, no es eso lo que cuestiono porque La Prensa tiene el derecho (y para algunos, la responsabilidad) de publicar esas imágenes. Lo que yo cuestionaba en mi última columna, la que fue censurada, es el silencio de La Prensa alrededor de esa otra manera de ver la muerte que no es sino otra manera de comprender el valor de la vida. Discúlpenme los ateos por reconocer el hecho de que las fotografías en la exposición «Angelitos» representan un paradigma infundido con la espiritualidad y los valores de la fe católica. Discúlpenme aquellos que creen que tratar la condición humana en su dimensión cultural y subjetiva no tiene lugar en un periódico. Yo sí creo que la vida es sagrada y creo que al no hablar de «Angelitos» hemos perdido una oportunidad preciosa y única para hacerlo porque nos habría permitido cuestionar también esas otras fotografías que vemos cotidianamente en los periódicos matutinos y la actitud que representan, una actitud que nada dice acerca del valor de la vida.
Al hablar con ese editor de La Prensa y al escuchar sus argumentos a favor de la censura de una columna de opinión comprendí que un pacto, hasta entonces inviolado, se rompía en mi relación de dos años como colaborador. Y comprendí que esta situación de excesivo celo y control editorial hacia mi trabajo se repetiría una y otra y otra vez. Así que necesito ser muy claro: no renuncio a mi labor como colaborador porque censuraron una columna. Que nadie se haga ilusiones; la censura a veces sucede: es una realidad del periodismo que pasa oculta bajo el proceso diario de la selección y diseño de la pauta. Pero generalmente, en condiciones normales, es como una fiebre ocasional y no acarrea malas consecuencias. Además, eso mueve al escritor a un constante juego estilístico, pues siempre hay maneras de ironizar o de aludir implícitamente lo que no se puede exteriorizar. En una columna titulada «Letras» me burlé del concurso literario Letras Nuevas que La Prensa anunció con bomba y platillo, y con un pomposo nivel de cobertura que ningún premio Nóbel ha recibido; decenas de correos me indicaron que los lectores habían comprendido un mensaje que yo creí era demasiado críptico. Y en una columna titulada «El Gigante» me burlé del servilismo verbal de los medios que llamaron «guerra» a la invasión militar de Irak. Cualquier niño que busque la palabra en un diccionario sabría que eso no fue una guerra. Nombrar las cosas con precisión es la primera lección de redacción de prosa que yo aprendí. No es algo tan obvio como parece; en el periodismo es crucial reconocer las distinciones: de allí que los medios se mantengan firmes en llamar actos violentos a los actos violentos en las calles de San Salvador, aunque algunos insistan en llamar a eso «libertad de expresión».
En mi actividad como escritor necesito ser honesto conmigo mismo y llamar las cosas por lo que son. El precio de una columna no compra la integridad de un escritor, al menos no compra la mía. Este incidente de censura fue demasiado perturbador para mí porque fue acompañado de una calumnia y de una vana demostración de poder cuando lo único que se necesitaba era la apertura a un diálogo. Un columnista es un intelectual que debería tener la libertad para hacer cuestionamientos profundos y provocativos; y esa libertad debería extenderse para cuestionar el medio que gestiona su voz, si el proceder del medio amenaza con condicionar o relativizar la validez misma de la libertad de expresión. Sé que hay personas que piensan que mi labor en La Prensa era importante. A ellos, tanto como para los que no piensan así, quiero decir esto: cuando se cierra una puerta a un diálogo necesario, hay que abrir otra, y cuando no se encuentra nada más que un muro de ladrillos entonces hay que abrir un boquete para entrar y hacer posible ese diálogo. Sucede que cuando llegué por primera vez a La Prensa Gráfica no conocía a nadie. Llegué con un portafolio de mi periodismo y mi fotografía bajo el brazo, y con un entusiasmo rebosante de ideas. Así me abrí camino: con los méritos de mi trabajo. Para mí fue una parte importante de mi relación de amor con las artes, una forma imaginativa de aplicar mis estudios y una actitud ante la vida que se basa en este supuesto personal: cuando las artes alcanzan un alto grado de belleza es porque el artista ha encontrado el camino de su verdad, de la verdad. Siempre me interesó saber cómo el artista había encontrado ese camino, porque esa es la historia humana detrás de las artes. Ese es el hilo conductor de todos mis artículos.
En una columna del 6 de marzo de este año hablé de cómo la crítica teatral debía estar cimentada en una práctica ética: «Un crítico no es un juez, es un testigo», escribí. «Por esto, su conciencia ética le exige que cada juicio de valor esté sostenido por un ejemplo concreto y que cada conclusión emerja, inevitable, del discernimiento honesto de la obra en cuestión. El texto crítico es la piedra de toque de un diálogo que le permite al espectador sacar sus propias conclusiones». Durante dos años fui un testigo privilegiado del desarrollo de las artes en El Salvador y no me arrepiento en lo más mínimo. Tampoco me arrepiento de dejar la actividad periodística y crítica a un lado porque mi actividad central ha sido siempre la creación de mi propia obra artística. Si mi contribución a través de La Prensa Gráfica ha terminado, eso es circunstancial. El diálogo de los artistas con los medios, sin embargo, debe ser ahora más fuerte que nunca. Los artistas tienen no sólo el derecho sino la responsabilidad de exigir que las artes sean tratadas con inteligencia y con ética y —¿por qué no?— también con amor.
Un abrazo,
Jorge Ávalos
Calidad de periodismo y calidad de libertad
Publicado por Jorge Ávalos en Polémica el domingo, 22 de noviembre de 2009
Sobre la supresión de un artículo de opinión de Paolo Luers en El Faro.
Jorge Ávalos
Los errores de la libertad de expresión sólo los puede corregir más y más libertad de expresión, porque más importante que la calidad del periodismo es la calidad de nuestra libertad para pensar y opinar; sin esta libertad, el periodismo no es nada.
Hace una semana todas las personas que nos preocupamos por la libertad de expresión y por el desarrollo del periodismo, descubrimos que un artículo de opinión publicado en El Faro fue removido con un pretexto que muy rara vez utiliza un medio de prensa públicamente: control de calidad. Este concepto, en efecto, debería ser invisible. Un mal artículo no debería ser publicado. Pero la semana pasada, una columna de Paolo Luers fue eliminada de forma definitiva de la edición digital después de haber sido publicada porque, según una nota editorial, se había escapado a los “filtros de calidad” de El Faro.
Esta acción podría motivar varias discusiones. La primera, sobre el artículo mismo de Luers: removerlo del periódico, ¿fue un acto editorial justificado o fue un acto de censura? La segunda pregunta es de carácter conceptual: ¿cuáles son los criterios de calidad de una columna de opinión? La tercera pregunta entra en el campo de la ética: si un artículo evade los filtros y criterios de calidad de un periódico y es publicado, ¿qué debe hacer un periódico? ¿Cuáles son las acciones constructivas que debe tomar para reparar el daño?
El 21 de mayo pasado, en su “Columna transversal”, Luers publicó un artículo de opinión titulado “Del PC y su madre KGB”. El tema: “El cuento sobre la incidencia del KGB en la guerra salvadoreña, publicado pomposamente por La Prensa Gráfica”, según Luers. Un reportaje que, añade él, vale la pena analizar porque “hizo el milagro de hacer feliz, al mismo tiempo, al PC y a ARENA”. No es mi interés principal discutir el tema de la columna, sino por qué El Faro habría considerado el texto de Luers de pobre calidad.
Para ser justos, hay que señalar primero que en ningún momento Luers cuestiona la veracidad del artículo que analiza: “Yo no pongo en duda los hechos reportados por La Prensa Gráfica. Bien pueden ser correctos. La mentira no está en los detalles, las fechas, los nombres, las cifras. Está en el contexto”. El propósito fundamental de Luers al escribir este artículo radica en criticar lo que él llama “el contexto”. Pero hay que notar que al utilizar esta palabra se refiere a dos cosas muy distintas entre sí.
El primer uso de “contexto” es el propósito inmediato de su crítica. El reportaje de La Prensa Gráfica, argumenta, se enfoca de forma tan limitada en el hallazgo de la relación entre el Partido Comunista (PC) y la agencia de inteligencia soviética (KGB), que da una imagen desproporcionada del papel del PC durante la guerra. Por lo tanto, Ricardo Valencia, el periodista que escribió la serie de reportajes para la revista Enfoques, ha cometido el error de descontextualizar el objeto de su investigación. Un resultado de esto, advierte Luers, es que el artículo se presta a la manipulación de la propaganda de izquierda para justificar la preponderancia actual del PC en el FMLN; asimismo, agrega, se presta a la manipulación de la propaganda de derecha para perpetuar la idea de que la guerra civil no tuvo raíces históricas sino que se debió a la injerencia internacional del imperio soviético.
Este es un debate interesante, sin duda, pero ¿cómo explica Luers que esto haya sucedido? El segundo uso de “contexto”, implícito, es que la ausencia de un marco histórico o político en el reportaje de La Prensa Gráfica sobre la relación entre el PC y la KGB tiene raíces estructurales y revela fallas metodológicas, pero, sobre todo, una carencia de capacidad personal: “Si uno no tiene la capacidad de complementar, contrarrestar, contextualizar la información cebo, es pecado tragársela. Es fatal. Es veneno. Es trampa”. Por consiguiente, la crítica de fondo de Luers se centra en esta noción de “información cebo”. ¿Qué implica este concepto cuando se aplica como crítica en este caso en particular? Que Ricardo Valencia y La Prensa Gráfica se han dejado manipular más allá de lo permisible por el PC, puesto que se les ofreció una carnada, y contra todo precepto ético, la han seguido hasta las últimas consecuencias sin cuestionar qué está detrás de ese interés por revelar esas fuentes. El argumento de fondo de Luers es que tanto Valencia como La Prensa Gráfica, mordieron un cebo, como ingenuos pececillos, y, por lo tanto, intereses políticos fantasmas han predominado sobre los intereses de información a la que tiene derecho la ciudadanía.
Sin lugar a dudas, Luers está tocando un punto válido, porque la información cebo relacionada a un tema espectacular ofrece una de las mayores tentaciones a los periodistas. Algunas fórmulas claves para definir la competitividad en el periodismo se definen con términos como “la primicia” (lo escribí y lo publiqué antes que nadie más), “la exclusiva” (sólo yo he tenido acceso a esta información) y “la bomba” (este reportaje revela lo que nunca se ha sabido y lo cambia todo). El reportaje de Ricardo Valencia para La Prensa Gráfica sobre una relación económica y militar entre el Partido Comunista y la KGB fue una primicia, una exclusiva y una bomba. Pero, ¿fue correcto hacerlo tal y como se hizo? Luers dice que no, pero el problema de su artículo es que para hacerlo comete un “pecado” mucho mayor que el de la ausencia de contexto histórico del cual acusa a La Prensa Gráfica. Luers presume que conoce la verdad sobre cómo se realizó la investigación. Toda su argumentación se basa en la premisa de que fue el PC, y sólo el PC, quien le permitió a Valencia ir a Cuba y entrevistar a ex miembros de la KGB.
“Está bien”, escribe Luers, “que un reportero reciba del PC salvadoreño la oportunidad de ir a Cuba y entrevistar a un general del KGB retirado (porque cuesta imaginarse a un periodista de La Prensa Gráfica llegando por cuenta propia a La Habana buscando a generales retirados del KGB); está bien que reciba del PC toda la información y las pistas para reconstruir la historia de las armas recuperadas por el Vietcong y después regalados a Schafik.”.
Aunque cueste imaginar que un periodista haya logrado, en La Habana, los contactos que Valencia obtuvo con ex generales de la KGB, creo que nadie tiene el derecho a cuestionar eso, ni siquiera cómo lo hizo, porque a fin de cuentas la información y la documentación necesarias para sustentar sus hallazgos están ahí, disponibles, en su reportaje. Eso es lo que cuenta. Como periodista, si yo me viese en la necesidad de entrevistar a ex generales de la KGB, yo hablaría primero con miembros del PC, porque sería el camino más fácil para hacerlo. Cualquier periodista habría hecho eso. Ahora bien, qué ocurrió primero, ¿el cebo o el impulso investigativo? Eso sólo lo puede decir Valencia y sus editores, pero no se puede armar un argumento suponiendo que sólo hay una conclusión posible. Sin embargo, Luers construye su tesis sobre el fracaso “juvenil” de Valencia y de los editores de La Prensa Gráfica sobre la presunción de que se dejaron llevar, ingenuamente, por el “periodismo de cebo”. Por muy válido que sea un argumento general contra la “información cebo”, en este caso específico, Luers está atacando a un periodista sobre la base de una especulación.
Como periodista, yo he realizado reportajes que me han llevado a descubrimientos sorprendentes. En un caso en particular, por un reportaje que escribí y que apareció publicado en El Diario de Hoy sobre el tráfico y la trata de menores de edad, la Fiscalía General de la República investigó a la División de Fronteras de la Policía Nacional Civil para tratar de averiguar quién me había proporcionado la información que me llevó a descubrir el caso. ¿Por qué hicieron esto? Por el mismo juego de razonamiento que ahora utiliza Luers: porque les costaba creer que un periodista, por su cuenta, hubiera descubierto la información y los documentos que yo descubrí. Esto a pesar de que toda la documentación que yo utilicé como referencia era de carácter legal y, por lo tanto, sólo podría haber provenido de dos fuentes: los tribunales y la Fiscalía. Tratar de desvirtuar el trabajo de un periodista suponiendo que sólo un cebo malintencionado podría justificar el logro de una investigación conlleva peligros más grandes que restarle contexto histórico a un reportaje. Por esta razón realmente no importa cuál fue el camino que utilizó Valencia para llegar a la KGB, en este caso en particular realmente no importa. Es mucho más importante recordar que tanto una investigación periodística como un artículo de opinión necesitan estar sólidamente sustentados. El reportaje de Valencia, a pesar de sus faltas, sí está sustentado. El de Luers, no.
Curiosamente, Ricardo Ribera, en su columna de opinión “Desde la academia”, también publicó un artículo sobre el mismo tema la semana pasada, y también en El Faro, titulado “¿Periodismo o historia?”. Cómo Luers, Ribera también responde a un artículo de Héctor Silva Jr., y ambos responden a la pretensión manifestada por Silva de que La Prensa Gráfica podría estar llenando los vacíos de la historia de la guerra con sus reportajes. No creo que nadie crea esto. Nunca es buena política que un medio de comunicación se eche flores a sí mismo. Ribera tiene palabras tan fuertes como las de Luers. Refiriéndose a la opinión de Silva escribe: “Una superficial preparación académica probablemente explica que caiga en el desatino de plantear que el periodismo sea ‘una fuente alternativa de narración histórica’. El país necesita de buen periodismo y de buena investigación histórica. Son dos cosas distintas”.
Al plantear la diferencia entre el periodismo y la investigación histórica, Ribera toca la misma preocupación que toca Luers, la ausencia de contexto, pero lo hace con un sentido filosófico y por eso se convierte en una opinión más sólida. Sin tener que probar nada, sin tener que sustentar su opinión, Ribera simplemente se preocupa por expandir los límites del diálogo, incitándonos a preocuparnos por el más amplio contexto de la guerra para entender mejor nuestro pasado: “El historiador académico, ya de entrada, va a plantear las cosas desde otra perspectiva: no se enfocará exclusivamente en la injerencia soviética, sino más bien su tema será el papel de ambas superpotencias, en el marco de guerra fría que se vivía, en el conflicto nacional. Por otra parte, no hay que pecar de ingenuos. ¿Acaso estará preparando La Prensa Gráfica una investigación periodística similar sobre el rol de Estados Unidos en la guerra civil? ¿Por qué no investigar sobre la injerencia de militares argentinos o de la inteligencia israelí? ¿Un especial sobre las actividades del terrorista cubano Posada Carriles mientras era asesor del gobierno de Duarte? ¿Qué tal sobre el apoyo de la extrema derecha guatemalteca a los futuros fundadores de ARENA? Mientras ese diario no impulse algún reportaje sobre temas como los que señalo o similares, su investigación periodística no dejará de oler a campaña electoral y a intereses políticos partidaristas. Cosa que no desdice de su calidad profesional. Ni de la inocencia de sus empleados. Pero sí de quienes les dan empleo y deciden los temas”.
A fin de cuentas, estas palabras de Ribera, que ponen el dedo sobre la llaga, son más efectivas que las de Luers. ¿Tiene razón El Faro a decir que su artículo no pasa “filtros de calidad”? Me temo que sí. Y sin embargo, me duele que una vez publicado lo hayan eliminado, por la sencilla razón de que el mal ya estaba hecho. Además, el artículo de Ribera nos decía que la preocupación de Luers es compartida por otros intelectuales. Cuando un periódico comete un error y publica algo que no debió haber publicado, porque contenía alguna falla periodística, debe hacer dos cosas. Primero, reconocer su error, tal y como lo hizo El Faro. Y segundo, abrir el debate. En lugar de eliminar la columna de Luers, un acto que creó un morbo innecesario en el ámbito periodístico, El Faro debió abrir sus páginas a la opinión de Valencia, a la de Silva y a la de todos los interesados. Los errores de la libertad de expresión sólo los puede corregir más y más libertad de expresión, porque más importante que la calidad del periodismo es la calidad de nuestra libertad para pensar y opinar; sin esta libertad, el periodismo no es nada.
Ávalos, Jorge. Calidad de periodismo y calidad de libertad, El Faro, 28 de mayo de 2007.
En defensa de Horacio Castellanos Moya
Publicado por Jorge Ávalos en Polémica
Respuesta a la publicación El “caso” Castellanos Moya de David Hernández
A través de su periodismo combativo, de su pionera labor como editor y de sus polémicos libros, Castellanos Moya ha puesto sobre la mesa de discusión temas antes intocables para la sociedad salvadoreña: la inmoralidad en el seno de la izquierda, la identidad nacional construida sobre la base de símbolos frívolos, las raíces socioeconómicas o históricas de la violencia, y mucho más. La innegable popularidad de novelas como El asco ha permitido discusiones abiertas, perseverantes y, finalmente, provechosas, sobre preocupaciones y obsesiones nacionales que, como descubrimos más tarde, atañen a toda la región por las experiencias compartidas de guerras y posguerras.
Jorge Ávalos
San Salvador, Viernes, 13 de Agosto de 2004
Señor Peter Ripken
Sociedad para el Fomento de la Literatura
de África, Asia y Latinoamérica
Francfort, Alemania
Estimado Señor Ripken:
He tomado la iniciativa de responder a una carta escrita por el señor David Hernández, que ha sido masivamente difundida en El Salvador y que, bajo el título «El ‘caso’ Castellanos Moya» fue formalmente publicada en el semanario El Faro (elfaro.net) la semana del 2 al 8 de agosto pasado. Aunque el señor Hernández asegura que su carta es una petición para que se «revise» la aceptación de Castellanos Moya al programa Ciudad Refugio, es evidente para mí, y quiero demostrar esto con mi respuesta, que su propósito es otro. El título mismo de la carta del señor Hernández delata su intención: fabricar un caso, un proceso público, contra Castellanos Moya.
«Me siento», escribe el señor Hernández, «con la obligación ética de hacer este pronunciamiento público ante una mentira tan grande, mediante la cual el ciudadano hondureño Castellanos Moya se ha burlado de la buena voluntad de sus anfitriones alemanes, a quienes va dirigida en primera instancia esta carta». La ejecución de una obligación ética es siempre acompañada de un proceder ético. Pero la carta del señor Hernández está mucho más cerca de un linchamiento verbal. A continuación yo enumero y respondo a 10 acusaciones distintas que él hace contra el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya.
Es claro que el punto de partida de la carta, su resorte argumental, es la opinión de que la aplicación de Castellanos Moya al programa Ciudad Refugio carece de méritos. Quiero, por lo tanto, ofrecer una prueba destacada y contundente de que esto es falso y que Castellanos Moya sí tiene razón en buscar albergue y apoyo fuera de las fronteras de El Salvador para realizar su labor creativa.
Ofrezco como única prueba la carta escrita por el señor David Hernández, que menciono al inicio de mi carta y a la que respondo a continuación. Obviamente, la carta del señor Hernández fue escrita recientemente, pero este documento cristaliza, como ninguno, la voluntad de violento rechazo que Castellanos Moya y su obra literaria padecen en El Salvador, a pesar de, o quizás debido al creciente prestigio internacional que ha generado en la crítica especializada y entre escritores prominentes a escala internacional.
En un entorno globalizado, donde la rapidez de la difusión informativa genera reportajes vertiginosos, la noticia de que Castellanos Moya había sido aceptado en el programa Ciudad Refugio en Francfort causó revuelo y provocó fuertes reacciones en los niveles más altos del periodismo y la política salvadoreña. El eje principal de las reacciones negativas, que especulaban a partir de información confusa e incierta, fue la larga carta escrita por el señor Hernández, pues esta contenía los principales ataques que luego se esgrimieron contra Castellanos Moya.
La carta del señor Hernández, tal y como lo demuestro a continuación, es una porosa masa de calumnias sin estructura lógica, diseñada para agredir y menoscabar la reputación de Castellanos Moya. Nótese que en la sección «2. Los hechos concretos» la carta del señor Hernández no ofrece ningún hecho concreto. Nótese que después de la petición que el señor Hernández hace «a los anfitriones de la ciudad de Francfort del Meno a que revisen el ‘caso’ Moya», se mueve rápidamente a la sección «4. Conclusión del ‘caso Moya’». Obviamente, sin haber realizado una verdadera investigación del «caso», sin hechos concretos y sin pruebas de ningún tipo, el señor Hernández no puede presumir de tener la autoridad para pasar juicio sobre la persona de Castellanos Moya ni sobre el programa Ciudad Refugio en Francfort.
Necesito, entonces, realizar un detallado ejercicio lógico y responder, una por una, a las acusaciones injuriosas e injustas del señor Hernández. Pido disculpas, de antemano, por escribir una respuesta tan larga pero, a mi manera de ver, necesaria.
1.
De acuerdo al señor Hernández, para aplicar al programa Ciudad Refugio Castellanos Moya ha recurrido a «trucos» que «bien pueden ser fantasías de él o de su madre, o de sus amigos» y que considera «nada comprobables». «Sus argumentaciones», alega, «se basan en afirmaciones bastante dudosas», incluyendo amenazas de muerte que su madre recibió por teléfono o «un correo electrónico anónimo, no digno de credibilidad, y que los mismos protagonistas pueden haber hecho circular».
Estas no son pruebas de que Castellanos Moya ha mentido, son especulaciones infundadas. Sobre qué base verificable puede el señor Hernández cuestionar estos argumentos, no lo sé. Lo que sí es claro es que si el señor Hernández tenía duda alguna sobre cualquiera de las explicaciones que Castellanos Moya utilizó para fundamentar su aplicación al programa Ciudad Refugio, su carta debió haber terminado aquí, con este cuestionamiento básico del contenido de la aplicación de Castellanos Moya. El paso siguiente habría sido solicitar más información al respecto. Pero esto no es lo que hizo.
2.
El señor Hernández asegura que Castellanos Moya «ha manipulado a sus amigos para que mientan en su provecho personal». Y esta aseveración lleva a una acusación mucho más seria: «Incluso sus amigos se ofrecían para montarle una farsa de atentado». Si esto último fuera cierto, es decir, si un grupo de amigos hizo una propuesta semejante, esta no tiene ninguna relevancia en este caso por dos razones: a) porque Castellanos Moya no puede ser hecho responsable de lo que sus amigos piensen, digan o hagan; y b) porque nunca se montó ninguna «farsa de atentado», porque nunca ocurrió algo semejante que merezca consideración alguna. No se puede acusar a una persona de haber incitado una acción que nunca ocurrió.
Por lo tanto, debemos considerar seriamente que el propósito del señor Hernández al hacer esta acusación no es lógico sino maquiavélico: relativizar cualquier apoyo que Castellanos Moya pueda recibir en su defensa. Si sus amigos también son farsantes, no hay nada que ellos puedan decir por él. Esta es una falacia sólo sustentada por otra falacia.
Por si fuera necesario decirlo, hago la siguiente aclaración: Castellanos Moya y yo no somos amigos. Aparte de intercambios casuales de correspondencia, no he tenido nunca un diálogo con él. Una sola vez hemos coincidido en el mismo país y el único encuentro que tuve con él en esa ocasión duró 10 minutos.
3.
Una de las imputaciones más sorprendentes hechas por el señor Hernández es esta: «no puedo más que condenar este hecho que linda con el parasitismo social a un nivel de lumpen proletariado». Esta es la misma acusación —exactamente la misma— que el gobierno soviético hizo contra el poeta Joseph Brodsky en febrero de 1964 para justificar su arresto y condena a cinco años de trabajo forzado. Dado que el lenguaje de esta afirmación sólo puede encontrar eco en el sector más retrógrado de la intelectualidad de izquierda, el señor Hernández reintroduce después la misma afirmación con un lenguaje que busca eco en un sector conservador: «Se trata de un gandul que ha hecho de la manipulación y la mentira su ‘modus vivendi’». Esta es la descripción de un gangster o de un rufián de poca monta, no de un intelectual, y está tan lejos de la verdad que se trata de una calumnia descarada. La carrera literaria de Castellanos Moya, que se inicia en su adolescencia, es una de las más productivas e infatigables que yo conozco. El mejor testimonio de que Castellanos Moya no es un «parásito» ni un «gandul» es su notable productividad periodística y literaria.
4.
La acusación más seria del señor Hernández es también la más negligente. «de paso ha quitado la oportunidad a un verdadero escritor perseguido para que venga en su lugar». En declaraciones hechas a La Prensa Gráfica de El Salvador (LPG), él mismo se encarga de explicar la verdadera implicación de lo que dice: «este hecho es antiético porque le quita el puesto a algún escritor que pueda estar en peligro de muerte» (LPG, julio 28, 2004).
La gravísima insinuación de que Castellanos Moya es potencialmente culpable de la muerte de un escritor en peligro es tan insensata que por sí misma merece una investigación por parte del Parlamento Internacional de Escritores (PIE), y quien merece ser investigado no es Castellanos Moya sino el señor Hernández. Evidentemente, el señor Hernández no puede ofrecer pruebas de que esto haya ocurrido ni puede anticipar objetivamente que esto habrá de ocurrir. Pero demos un paso atrás y conjeturemos, por razones argumentativas, que esto es cierto.
Supongamos que por razones financieras, cuando el programa Ciudad Refugio acepta a un escritor se niega el puesto a otro; por lo tanto, al momento de evaluar a un escritor, el programa debe considerar el grado de necesidad o de peligro del escritor. A partir de este razonamiento tenemos que considerar dos cosas con respecto al caso específico que ocupa nuestra atención.
Primero, el programa aceptó a Castellanos Moya dos años después de su aplicación; evidentemente, ni Castellanos Moya ni la Red de Ciudad Refugio vieron que su caso merecía acción inmediata, y su aplicación fue aceptada por el PIE sobre otras bases, no sobre la consideración de peligro inminente.
Segundo, cuando Castellanos Moya aplicó al programa Ciudad Refugio por mediación del francés Phillipe Olle-Laprune, en México, lo hizo con transparencia, utilizando el mismo argumento que empleó públicamente al abandonar su país de origen. El PIE encontró validez en la aplicación de Castellanos Moya. Cabe recordar que son ellos y sólo ellos quienes tienen el poder y el criterio para aceptarlo o rechazarlo. Por lo tanto, si se diera el caso extraordinario de que un escritor, rechazado del programa porque se aceptó a Castellanos Moya en su lugar, fuese asesinado, la culpa no sería de Castellanos Moya. Tampoco sería culpa del PIE, aunque en ese caso extremo sus miembros deberían evaluar su propio proceso de decisión para garantizar así la eficacia del programa.
Esto es algo, señor Ripken, en lo que claramente estamos de acuerdo. Por una nota periodística supe que usted, como anfitrión de Castellanos Moya en Francfort, hizo la declaración siguiente: “Es totalmente irresponsable de parte del señor David Hernández hablar en tales términos. Decir que Castellanos Moya está tomando el lugar de otros escritores (en peligro) es incorrecto y está lejos de la verdad” (LPG, julio 31, 2004).
5.
El señor Hernández cree que la beca otorgada a Castellanos Moya por el programa Ciudad Refugio «está poniendo en entredicho todo el proceso de democratización, sobre todo a nivel cultural, que se ha iniciado en un ambiente de consenso social en El Salvador, luego de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992».
¿Es el proceso de democratización en El Salvador tan frágil que las acciones de un escritor son suficientes para ponerlo «en entredicho»?
En realidad, lo opuesto es la verdad. El señor Hernández está acusando a Castellanos Moya de perturbar un proceso al que Castellanos Moya ha contribuido tanto como cualquiera y, en el ámbito literario, quizás más que nadie. A través de su periodismo combativo, de su pionera labor como editor y de sus polémicos libros, Castellanos Moya ha puesto sobre la mesa de discusión temas antes intocables para la sociedad salvadoreña: la inmoralidad en el seno de la izquierda, la identidad nacional construida sobre la base de símbolos frívolos, las raíces socioeconómicas o históricas de la violencia, y mucho más. La innegable popularidad de novelas como El asco ha permitido discusiones abiertas, perseverantes y, finalmente, provechosas, sobre preocupaciones y obsesiones nacionales que, como descubrimos más tarde, atañen a toda la región por las experiencias compartidas de guerras y posguerras.
Por otro lado, es necesario recordar que el señor Hernández se equivoca en otro punto. En El Salvador se vive actualmente un período de polarización política y violencia social. No existe «un ambiente de consenso social», excepto aquel que Castellanos Moya ha sabido hurgar con su palabra: el consenso alrededor de lo que es más despreciable acerca de nuestra realidad, el consenso acerca de lo que es necesario cambiar absolutamente. Porque esto es, sin duda, lo que nuestros políticos tratan de hacer o deshacer como pueden: cambiar las condiciones de violencia, atraso y pobreza del país para crear prosperidad y forjar futuro. Si no fuera así, no necesitaríamos de los políticos. Hay que admirar, por lo tanto, la tenacidad de Castellanos Moya para hablar mal de su país: en El Salvador encuentra su centro de acción creativa, su imaginario vital, su pasión más duradera. Su función intelectual contra El Salvador no es, por lo tanto, distinta a la que Thomas Bernhard ha realizado contra Suiza o Juan Goytisolo contra España. A propósito de éste último, Mario Vargas Llosa ha escrito: «Hay que desconfiar de los novelistas que hablan bien de su país: el patriotismo, virtud fecunda para militares y funcionarios, suele ser pobre literariamente. La literatura en general y la novela en particular, son expresión de descontento: el servicio social que prestan consiste en recordar a los hombres que el mundo siempre estará mal hecho, que la vida siempre deberá cambiar».
6.
El señor Hernández escribe: «Que ahora Castellanos Moya, blandiendo el fantasma de ese pasado que El Salvador ya superó, diga que es perseguido político y que está amenazado a muerte, es algo muy triste en primer lugar y de una catadura moral bastante deleznable, pues pone sus egoístas intereses personales oportunistas, para lograr un estipendio mediante la mentira y la farsa».
Todo escritor que aplica y acepta una beca o un subsidio, tal y como el señor Hernández lo hizo hace casi veinte años cuando llegó a Alemania («estipendiado» como él mismo explica) está tomando una oportunidad para llenar sus «egoístas intereses personales». Ese es el propósito de las becas, para eso son creadas, para impulsar las carreras de individuos con fuertes motivaciones personales. No se requiere «catadura moral» para ello, sólo autoestima, mérito y tenacidad.
El interrogante moral, en este caso en particular, es el siguiente: Para lograr la realización de sus intereses personales, para conseguir esa beca, ¿ha recurrido Castellanos Moya a «la mentira y la farsa»? En otras palabras, ¿carece de mérito su petición? Este es un punto muerto, un punto que no es necesario debatir, por dos sencillas razones aclaradas en los medios de prensa: a) Castellanos Moya no ha pedido asilo político: nunca ha manifestado que «es perseguido político» del estado o que está «amenazado a muerte» como consecuencia de esa supuesta persecución política; y b) lo que se le ha otorgado a Castellanos Moya es una beca de escritor, porque el PIE considera que él, tal y como lo explicó usted, señor Ripken, «es un escritor experimentado que se integrará a la vida cultural y literaria de la ciudad» (LPG, julio 29, 2004). Esta declaración es, por cierto, muy similar a la reacción previa de Manlio Argueta, quien conoce muy bien el mundo internacional de las becas para escritores: «Es importante el apoyo que se le da en Alemania. Estará en un centro cultural mundial (la ciudad de Francfort), donde tendrá acceso a bibliotecas para investigación y el tiempo necesario para dedicarse por completo a su obra» (LPG, julio 28, 2004).
¿Se puede decir, entonces, que Castellanos Moya «está falseando la verdad y, aprovechándose de la buena voluntad de los anfitriones alemanes, los ha engañado con su ‘viejo truquito’ de escritor perseguido y amenazado a muerte»? Por supuesto que no. Por lo visto, quien está esgrimiendo una mentira no es Castellanos Moya sino el señor Hernández. Este último debe, por lo tanto, facilitar pruebas si lo que dice es verdad.
7.
Ninguna otra línea de pensamiento del señor Hernández genera más extrañeza que ésta: «Castellanos Moya alega que su ‘persecusión’ se debe a las obras que él ha escrito. Esto es una falsedad más, ya que en El Salvador se están publicando libros más atrevidos y de mejor calidad que las supuestas ‘obras malditas’ de Moya, sin que a los autores el actual régimen los persiga a muerte, los encarcele o los exilie».
Si el propósito principal del programa Ciudad Refugio fuese únicamente proteger la vida del escritor amenazado, tal y como el señor Hernández asegura, ¿qué importancia tiene la calidad de la obra? ¿Cuál sería la «catadura moral» del programa si su misión fuese proteger sólo a los escritores que «están publicando libros más atrevidos y de mejor calidad»? ¿Es acaso un objetivo del programa que los peores escritores mueran? ¿Es su propósito último ejercer una forma letal de crítica literaria?
¿Cuál es el criterio mínimo que salvaría a un escritor de la muerte? ¿Su buena ortografía? ¿Su capacidad para la experimentación? ¿La riqueza de su vocabulario? ¿La profundidad sicológica de sus personajes?
Esta declaración del señor Hernández es meramente hipócrita. Ningún régimen, ningún sector violento, ningún grupo de poder persigue a un escritor sobre la base de criterios literarios.
8.
La noticia de que Castellanos Moya había «obtenido asilo por persecución» (LPG, julio 28, 2004), generó reacciones inmediatas de la comunidad intelectual, de José Roberto Dutriz, Director de La Prensa Gráfica y vicepresidente regional de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y del Presidente de la República de El Salvador, Elías Antonio Saca. La principal discordancia fue entre la noticia de «asilo por persecución» y la «realidad del país», como lo manifestó con claridad el presidente Saca.
Para ser justos, la primera noticia fue confusa, apresurada y carente de investigación: las declaraciones de Castellanos Moya, de Holger Ehling, portavoz de La Feria del Libro en Francfort, y de Peter Ripken, de la Sociedad para la Promoción de la Literatura de África, Asia y América Latina en Alemania, llegaron poco a poco. Pero sí es muy claro que las principales reacciones negativas no se dieron a partir de la noticia, sino a partir de las elaboradas declaraciones y denuncias del señor Hernández, que comenzaron a circular de inmediato, tanto por los medios estables de prensa como por vías informales del internet.
«Por este medio», escribió en la larga carta que motivó esta respuesta, «solicito a los anfitriones de la ciudad de Francfort del Meno a que revisen el ‘caso’ Moya. Creo que merece toda la seriedad del caso, ya que se trata de implicar a todo un conglomerado, la República de El Salvador, en una burda mentira que no se sostiene». El señor Hernández empuja la noción de que este caso en particular representa un peligro para los intereses diplomáticos y económicos de El Salvador: «Este aspecto tan sensible, que puede afectar a todo un país, debe ser tratado de forma responsable por los anfitriones germanos, ya que tiene repercusiones directas en la política internacional y la ayuda para el desarrollo».
Este es el quid del argumento del señor Hernández: la beca recibida por Castellanos Moya no sólo es inmerecida, pone en peligro el futuro de El Salvador, estigmatizando a los ojos de la comunidad internacional su reputación como nación democrática. En consecuencia, el hijo pródigo de El Salvador no merece premios en su nombre; sus obras literarias constituyen una forma de traición a la integridad patria: a su nombre, a su literatura, a su «ambiente de despertar democrático».
Nunca antes había leído yo un ataque contra un escritor tan absurdo e irresponsable como este. Es increíble también que este ataque haya sido calculado, ideado y fraguado por otro escritor. Si Castellanos Moya, por sí solo, tuviese el poder de manchar la reputación internacional de El Salvador, al punto de poner en riesgo la ayuda para su desarrollo económico, seis millones de salvadoreños seríamos inmediatamente elegibles para pedir asilo político en Alemania. Perseguidos por un poder más grande que el estado, el ejército, la empresa privada y los medios de prensa, huiríamos en desbandada. Y Castellanos Moya tendría un país para sí mismo.
9.
«Me siento con la obligación ética», escribe el señor Hernández, «de hacer este pronunciamiento público ante una mentira tan grande, mediante la cual el ciudadano hondureño Castellanos Moya se ha burlado de la buena voluntad de sus anfitriones alemanes».
Un elemento nuevo aparece en este párrafo: Castellanos Moya ha dejado de ser un escritor salvadoreño y se ha convertido en «ciudadano hondureño». Para un alemán los centroamericanos somos esencialmente iguales, y no podría reconocer el regionalismo xenófobo al cual apela el señor Hernández al utilizar ese gentilicio. Su utilización en este contexto es equivalente al uso de un calificativo racista en un contexto europeo. Es por eso que vincula su uso a su latente desestimación de los alemanes, contenida hasta el final de la carta: «Lamentablemente la burda maniobra mediante la cual el ciudadano hondureño Castellanos Moya ha manipulado a los anfitriones alemanes deja una lección. Se trata de que los criterios para escoger a los candidatos a ser refugiados de las ciudades santuarios, sean más serios, y no producto de las simpatías subjetivas o del accionismo ‘xenófilo’ que, en última instancia es igual a ‘xenófobo’».
Ahora resulta que el apoyo de los alemanes a Castellanos Moya es otra forma de racismo: una «simpatía subjetiva», la atracción a su novedoso exotismo.
10.
En el transcurso de su carta, el señor Hernández afirma, citando un reporte del PEN Club International, que en El Salvador sólo «figuran como perseguidos por haber denunciado un caso de corrupción de una transnacional en el país, tres periodistas salvadoreños, entre ellos Napoleón Altamirano y Laffite Fernández, que por cierto son periodistas de derecha. Pero de Castellanos Moya no hay señas». Esto no prueba absolutamente nada. Altamirano y Fernández son miembros poderosos de la prensa escrita que denunciaron valientemente un caso de corrupción. En relación con este caso, el reporte del PEN Club no utiliza nunca la palabra «persecution». El hostigamiento contra Altamirano y Fernández es de carácter legal, y ha sido ampliamente ventilado por los medios de prensa.
Sin embargo, esta alusión casual a la derecha es muy significativa, porque tal y como la carta del señor Hernández lo indica, la izquierda ahora constituye parte del status quo político. Y el hecho más importante que el señor Hernández omite en su carta es que los ataques más antiguos y persistentes contra la obra de Castellanos Moya provienen de la izquierda, de personas que confunden la literatura con la vida, la ficción con la verdad, y para quienes es insoportable la representación tan fiel, la verdad tan grotesca, que las obras de Castellanos Moya han hecho de ciertos sectores sociales de El Salvador, incluyendo la izquierda salvadoreña.
La carta del señor Hernández es la prueba más reciente y contundente del tipo de vejaciones, difamaciones y calumnias que Castellanos Moya ha tenido que soportar desde la publicación de su novela La Diáspora. Esa carta también demuestra por qué El Salvador es un territorio socialmente inhóspito para la estadía actual y permanente de Castellanos Moya. La actual propensión en los medios por aceptar, sin vacilación alguna, una perorata tan falaz como la escrita por el señor Hernández es lamentable y peligrosa, sobre todo porque su impacto en la opinión pública fue inmediato y estuvo a punto de precipitar un escándalo nacional. Ciertamente, Castellanos Moya no encontrará un espacio conducente a la creatividad literaria mientras sea asediado por un continuo torrente de declaraciones injuriosas capaces de incidir en la opinión pública, como las contenidas en la carta del señor Hernández.
En nombre de la justicia y la razón, creo que es necesario, señor Ripken, que tres cosas sucedan lo más pronto posible:
- El programa Ciudad Refugio de Francfort debe difundir un comunicado oficial para informar y explicar la naturaleza real de la estadía de Horacio Castellanos Moya en esa ciudad.
- Es necesario saber si la carta del señor Hernández está escrita, tal y como él lo afirma, con «el aval de los miembros de la Iniciativa de Hannover para Escritores perseguidos».
- Finalmente, si el segundo punto es cierto, valdría la pena saber, de forma oficial, y por mediación suya, si la Iniciativa de Hannover para Escritores Perseguidos conoce los términos en que la carta del señor Hernández fue escrita y si ellos comprenden y avalan las declaraciones reales contenidas en esa carta.
Pido también, formalmente, que la carta del señor Hernández titulada «El ‘caso’ Castellanos Moya» sea aceptada por el programa Ciudad Refugio de Francfort como una prueba contundente que legitima, más allá de ninguna duda, tanto la aplicación de Horacio Castellanos Moya como su aceptación por el Parlamento Internacional de Escritores.
Les ofrezco mis mayores respetos.
Atentamente,
Jorge Ávalos
[Originalmente publicada en El Faro, cita bibliográfica pendiente]
El crimen de los censores
Publicado por Jorge Ávalos en Polémica el sábado, 21 de noviembre de 2009
Jorge Ávalos

